Marilyn Monroe y la Navidad: intimidad, afecto y memoria
Ahora que llega la Navidad, viene bien recordar un detalle a la vez tierno y algo sorprendente: pese a ser una de las personas más fotografiadas del siglo XX, Marilyn Monroe no dejó una enorme iconografía navideña. Hay relativamente pocas imágenes suyas vinculadas explícitamente a la Navidad si las comparamos con la inmensa cantidad de retratos y sesiones que realizó. Y, sin embargo, la Navidad le gustaba de verdad. La celebraba, la vivía con intensidad y la entendía como un tiempo para dar y recibir afecto: cartas, llamadas, regalos, cenas con amigos y pequeños rituales hogareños que en muchas ocasiones la conmovieron hasta las lágrimas. En estas fechas, más que la postal perfecta, lo que interesa es la huella íntima que dejó: una mujer que buscó calor y compañía en cada diciembre.
Entre las fotografías que sí existen hay dos núcleos que resumen muy bien ese espíritu invernal y doméstico. Por un lado están las célebres imágenes en la nieve de André de Diénes, tomadas en los años cuarenta en el entorno de Mount Hood. Son fotografías tempranas, con una Marilyn aún en proceso de transformación pública, jugando o posando entre la nieve; son, en cierto modo, la primera vez que su rostro se asocia a un paisaje invernal que hoy nos parece casi navideño. Por otro lado están las sesiones íntimas y los candids conservados en el archivo de Milton H. Greene: en la casa de los Greene en Connecticut hay series que la muestran en interior, junto al árbol, abriendo regalos o simplemente participando en la calidez del hogar. Esas fotos —tomas domésticas, no montajes de estudio— son las más fiables para hablar de Marilyn celebrando la Navidad en familia de amigos, con la naturalidad que suele faltar en la iconografía pública.
La relación de Marilyn con la Navidad viene de lejos y pasa por etapas. En su juventud, antes de casarse con James Dougherty, la Navidad era ya una fecha que marcaba deseos de pertenencia y compañía: hay cartas y recuerdos que la muestran esperando con ilusión la presencia de Jimmie en las fiestas. En 1944 ella escribió, con la sencillez de quien necesita afecto, que esperaba que él estuviera en casa para Navidad porque “no tendría sentido sin él”, confesando cuánto le importaba. Es un testimonio primerizo de que la Navidad para Marilyn nunca fue mera decoración: era una fecha cargada de emociones y de expectativas personales.
Esa devoción por regalar —y por emocionarse con los gestos de los demás— atraviesa su vida adulta. Hay episodios que lo muestran con crudeza y ternura: en 1948, con pocos recursos, compró un reloj de 500 dólares a plazos para Fred Karger; confesaba ser pobre, pero no dudó en gastar lo que tenía para hacer feliz a alguien que le importaba. En 1950 viajó a Tijuana con Natasha Lytess y, sin esperar al día veinticinco, compró para la coach un camafeo de marfil enmarcado en oro que Natasha había admirado. Esas anécdotas dicen más que cualquier foto: Marilyn vivía la Navidad como un impulso afectivo, como entrega, aun cuando su bolsillo no le sobrase.
Y, claro, está el capítulo de Joe DiMaggio, que aporta algunos de los momentos navideños más humanos y conmovedores de su biografía. En 1952, tras una fiesta del estudio, Marilyn volvió a su habitación del Beverly Hills Hotel y se encontró con una escena que la conmovió hasta las lágrimas: un árbol de Navidad en miniatura sobre la mesa, una cartulina con la frase “Merry Christmas, Marilyn” y Joe, sentado en una esquina. Ella misma recordaría que era la primera vez en su vida que alguien le regalaba un árbol de Navidad; se sintió tan emocionada que lloró. Ese gesto sencillo —un árbol, una tarjeta, la presencia en silencio— resume la fragilidad y la necesidad de hogar que acompañaron buena parte de su vida pública.
Más adelante, la Navidad siguió estando entre los momentos en los que Marilyn buscó compañía y cuidó de los suyos. En 1960 pasó la Nochebuena con Paula Strasberg y escuchó música, brindó con champán y mostró señales de cansancio, pero también de ternura: no olvidó a los hijos de sus exmaridos y les envió regalos y cartas con anotaciones cariñosas. De la misma temporada procede otra nota que revela la persistente presencia de DiMaggio: aquella Nochebuena le llegaron al apartamento un aluvión de poinsettias; al preguntar quién las remitía, supo que eran de “Joe”. Él la visitó esa misma noche y, según los recuerdos, una suerte de cercanía familiar devolvió algo de calma a sus horas. En diciembre de 1960 hubo cenas con amigos cercanos, regalos discretos y, a la vez, ese cansancio que tantas crónicas registran.
El último diciembre de su vida, en 1961, no fue del todo desolado. DiMaggio volvió a cumplir un papel protector y familiar: pasaron la tarde de Navidad en casa de los Greenson, donde DiMaggio fue el centro de atención de los presentes por su figura casi mítica, y la escena fue descrita como la de “una pareja de toda la vida” por quienes la vieron. Aquella noche de Nochevieja terminó de forma íntima: after midnight, se cuenta que se brindó, se asaron castañas junto al fuego y un ambiente doméstico y sencillo tomó el lugar de la extravagancia. Tras las fiestas, Marilyn conservó prendida la pequeña luz del árbol que había colocado: lo dejó hasta que las luces delgados y las hojas se marchitaron. Es una imagen pequeña y potente —el árbol muerto pero iluminado— que hoy suena a símbolo de alguien que, por encima de la fama, aferró con ternura los signos de la historia privada.
En suma: la Navidad en la vida de Marilyn fue una mezcla de espectáculo y, sobre todo, de intimidad práctica. Hubo sesiones fotográficas que aprovecharon su imagen para el repertorio navideño (postales, promociones, fotos en la nieve), pero lo más valioso no son las fotos sino las historias: la adolescente que esperaba volver a casa con su primer marido, la joven que compró un reloj a plazos para un amigo, la mujer que recibió un diminuto árbol y lloró de felicidad, la persona que cuidó de los hijos ajenos y respondió en Navidad con regalos y notas. Esa combinación de brillo público y afecto privado es la que convierte las pocas imágenes navideñas que existen en documentos de una sensibilidad genuina.
Para terminar, un matiz cálido: la Navidad fue para Marilyn una ocasión de dar y recibir medidas de cariño que, aunque pequeñas, tuvieron un gran peso. Celebrarla significó, con frecuencia, crear hogar donde no siempre lo había; encender pequeñas luces y sostenerlas hasta que se apagaran. Si estas líneas sirven para algo en estas fechas, que sea para recordar que detrás de la estrella había una mujer que amaba las cosas sencillas de la Navidad. Desde aquí, y con el afecto que merecen estos recuerdos, feliz Navidad a todos: estoy seguro de que, dondequiera que esté, Marilyn —a quien tanto le gustaba la Navidad— les devolvería ese deseo con una sonrisa y un árbolcito encendido.



Comentarios
Publicar un comentario