¿Intentó Arthur Miller aislar socialmente a Marilyn Monroe?

Cuando Marilyn Monroe se casó con Arthur Miller en junio de 1956, lo hizo en un momento de transición profunda. Ella era la mayor estrella femenina del mundo, pero también una actriz en plena búsqueda de legitimidad artística y control profesional; él, uno de los dramaturgos más prestigiosos de Estados Unidos, con una fuerte identidad intelectual, política y moral. A partir de ese matrimonio, las dinámicas personales y profesionales de Marilyn comenzaron a cambiar de forma visible. Su círculo íntimo se modificó, algunas relaciones se tensaron y otras se reforzaron. Con el tiempo, surgió la percepción —planteada por biógrafos y por la propia Marilyn en momentos de crisis— de que Miller pudo haber intentado, de manera parcial y selectiva, aislarla socialmente o al menos desplazar de su entorno a personas que no eran de su agrado. Analizar esa posibilidad exige contexto, matices y, sobre todo, evitar simplificaciones.


Antes de Arthur Miller, una de las relaciones más importantes en la vida de Marilyn fue la que mantuvo con Milton y Amy Greene. Milton Greene era fotógrafo y empresario; conoció a Marilyn a comienzos de los años cincuenta y pronto se convirtió en uno de sus colaboradores creativos más cercanos. Su amistad derivó en una relación casi familiar: Marilyn pasó temporadas viviendo en casa de los Greene en Nueva York, y Amy Greene fue para ella una figura de apoyo emocional. Juntos fundaron Marilyn Monroe Productions en 1955, una iniciativa pionera con la que Marilyn buscaba independencia del sistema de estudios, mayor control sobre guiones, directores y papeles, y la posibilidad de producir proyectos propios. Greene fue el motor empresarial de la compañía, mientras Marilyn aportaba el capital simbólico y artístico.


La relación entre Arthur Miller y los Greene fue tensa desde el principio, y no solo por cuestiones personales. Existían diferencias ideológicas claras: Miller era profundamente crítico con Estados Unidos y con muchos aspectos de su sociedad, mientras que Amy Greene, cubana de origen, sentía un enorme respeto y gratitud hacia su país de adopción y no compartía esa visión crítica. A ello se sumaba una diferencia de mentalidad: Milton Greene era pragmático, empresarial y ambicioso en términos profesionales, una forma de pensar que no encajaba con la visión más intelectual y literaria de Miller. Además, los Greene consideraban a Miller tacaño y poco dispuesto a gastar dinero incluso cuando estaba en juego el bienestar profesional de Marilyn. Todo esto se agravaba por un factor clave: la enorme influencia que los Greene tenían sobre Marilyn. Eran casi familia, habían vivido juntos y poseían el 50 % de Marilyn Monroe Productions, lo que les otorgaba un peso real en su vida personal y en su carrera.

Estas tensiones estallaron durante la producción de The Prince and the Showgirl, la única película producida por Marilyn Monroe Productions. El rodaje fue notoriamente caótico: problemas de salud de Marilyn, diferencias culturales entre equipos británicos y estadounidenses, conflictos con Laurence Olivier y un clima general de desgaste. La película estaba siendo producida por la compañía de Marilyn y Greene, y las fricciones internas se intensificaron. En ese contexto, Arthur Miller comenzó a posicionarse de forma clara contra Milton Greene, cuestionando su papel y su influencia. Según diversos testimonios, Miller logró poner a Marilyn en contra de Greene, presentándolo como una figura interesada o problemática. Finalmente, Milton Greene abandonó la compañía tras un acuerdo legal por el que vendió su participación.


Tras la salida de Greene, Marilyn Monroe Productions cambió de rumbo. La gestión pasó a manos de personas de confianza del entorno de Arthur Miller, incluidos asesores legales cercanos a él. Aunque Marilyn seguía siendo la propietaria y la figura central, la compañía perdió el impulso empresarial y creativo que la había caracterizado en su inicio. Resulta significativo que, desde la marcha de Greene, Marilyn Monroe Productions no produjera ninguna película más. La ambición original —crear un sello independiente activo— se diluyó. La empresa pasó a servir principalmente como herramienta de negociación contractual con los estudios, otorgando a Marilyn mayor poder sobre salarios y cláusulas, pero no se utilizó ni siquiera para producir The Misfits, una película en la que Marilyn y Miller tenían un control creativo prácticamente absoluto. Esto resulta especialmente triste si se considera que fue precisamente la mentalidad empresarial y ambiciosa de Greene la que permitió que la compañía despegara y produjera The Prince and the Showgirl. Marilyn era también ambiciosa, y es legítimo plantear si Miller, consciente o no, terminó frenando esa ambición productora.

No todo, sin embargo, tuvo un final negativo. Cuando el matrimonio entre Marilyn y Miller ya estaba roto, Marilyn le recriminó explícitamente haber arruinado su relación con los Greene. Poco antes de su muerte, Marilyn y Milton Greene se reconciliaron: hablaron, se perdonaron y tenían intención de volver a verse. Esa reconciliación sugiere que Marilyn fue consciente del error y del valor que aquella relación había tenido en su vida.

El caso de Lee y Paula Strasberg es diferente y aún más revelador. Marilyn llegó al Actors Studio movida por su deseo genuino de ser una actriz mejor y más profunda. Con los Strasberg, la relación trascendió rápidamente lo profesional. Paula Strasberg se convirtió en su coach personal, Lee en su maestro, y Marilyn desarrolló una relación casi familiar con ellos. En ocasiones se quedaba en su casa y mantenía una relación cercana con sus hijos, especialmente con Susan Strasberg. Eran, para Marilyn, una familia elegida.


Arthur Miller tampoco se llevaba bien con los Strasberg, y aquí confluyen varias razones. En primer lugar, la enorme influencia que tenían sobre Marilyn no le resultaba cómoda. En segundo lugar, existían diferencias ideológicas y morales: Paula Strasberg había sido miembro del Partido Comunista en los años treinta, aunque posteriormente se distanció del comunismo y colaboró con HUAC dando nombres; Miller, por el contrario, rechazaba tanto el comunismo como la delación, y rompió relaciones con figuras como Elia Kazan por haber testificado. Además, los Strasberg eran cercanos a Kazan, lo que añadía fricción. A todo esto se sumaba un elemento práctico: el Actors Studio y Paula como coach eran caros, y Miller tenía fama de ser extremadamente cuidadoso con el dinero.

A pesar de todo ello, en este caso Miller no tuvo éxito alguno. No se produjo ninguna ruptura ni distanciamiento entre Marilyn y los Strasberg durante su matrimonio. La relación se mantuvo intacta hasta el final de su vida, lo que demuestra que, aunque Miller pudiera sentirse incómodo, no logró —o no intentó con la misma intensidad— desplazar a los Strasberg del entorno de Marilyn.


En conclusión, Arthur Miller no parece haber buscado aislar socialmente a Marilyn de manera total o sistemática. Lo que sí hizo, y con éxito desigual, fue intentar purgar de su entorno a determinadas personas cercanas que no eran de su agrado, especialmente en el ámbito profesional, y favorecer que Marilyn se relacionara más con su propio círculo. Marilyn, por su parte, no simpatizó con la mayoría de las personas cercanas a Miller, con excepciones notables como los Rosten y la propia familia de Miller, con quienes, de hecho, siguió manteniendo una buena relación incluso después del divorcio. Este conjunto de tensiones, decisiones erróneas, intentos de control parcial y arrepentimientos posteriores ayuda a explicar por qué muchos admiradores de Miller mantienen una visión crítica de su papel en la vida de Marilyn. No fue un villano absoluto, pero tampoco un compañero inocuo; fue, como tantas veces ocurre, una figura compleja cuyo impacto dejó huellas profundas y contradictorias.

Referencias

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Banner, Lois (2012). The Passion and the Paradox. pp. 356-357.

Banner, Lois (2012). The Passion and the Paradox. pp. 342-343.

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